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miércoles, 13 de mayo de 2015

Cómo derrumbar ese concepto falso de sociedad


"La mitad de los problemas en el mundo se solucionarían si las personas pusieran en práctica los conceptos que promueven." - Yo


En uno de mis tradicionales viajes al Centro de Medellín me encontré con Joaquín, un ex-compañero de estudio, crítico y fumador a morir. Era de los que siempre señalaba el problema pero no la solución. Por encima se le veía que terminaría metido en la política.

“Qué más Juan!! Cómo vas? Qué me cuentas de tu vida?”, me dijo con cierta euforia actuada, a la vez que extendía sus brazos para darme un abrazo.

“Bien, bien. Sin mucha novedad”, respondí con poco entusiasmo, y con cierta cara de rechazo mientras lo abrazaba de vuelta y tenía cuidado con el cigarro que tenía él en su mano.

No quiero entrar en el detalle de toda la conversación, pues si lo hiciera perderían el interés en esta historia. Me limitaré entonces a describir de manera detallada la parte final de la misma.

Valga aclarar, y para entender lo que les voy a narrar, que por aquellos días Joaquín resultó ser un candidato al Concejo de Medellín, su botón pegado en la camisa dejaba leer ‘Vota 5 por Joaco’.

Sin más preámbulo voy al grano del asunto.

Joaquín me dice: “Juancho, y contame. Por quién tenés pensado votar en estas elecciones?”

“Por nadie”, le respondo. “Creo que el voto en Colombia es algo por lo cual no vale la pena esforzarse”

“Juancho, creo que estás equivocado. No estás teniendo en cuenta el concepto de sociedad. Si queremos hacer sociedad entonces tenemos que votar. Pensar que nuestro voto no hace la diferencia es algo que no es propio de alguien inteligente, como tú”, dijo cual si fuera un sacerdote dando un sermón.

Debo ser honesto, me ofendió lo que dijo respecto pensar que si no voto entonces sería ‘poco inteligente’. Sin embargo, respiré profundo y procedí a aclararle mi argumento.

“Joaquín, te puedo preguntar algo distinto a este tema de política?”, interrogué de manera abrupta.

“Sí, claro!”, me respondió con su sonrisa fingida.

“Por qué fumas?”, le pregunté.

“Cómo así que por qué fumo?”

“Sí, yo quiero que me cuentes cuál es la razón por la que fumas”, enfatizo, mientras él responde con mirada capciosa: “Fumo porque me relaja”

“Entiendo… Eso quiere decir que cuando fumas pensás en vos, en tu ser, en tu tranquilidad?”

“Mmm, sí… ya que lo pones de esa manera, sí. Pienso en estar más tranquilo”

“Vale, perfecto. Entonces te aclaro: yo no voto por la misma razón que vos fumás”, le respondí de manera seca.

“Cómo así?”, me contestó con cara de no creer mi argumento.

“Mirá, seamos honestos: en Colombia, las personas que elegimos son corruptas, y el ente que regula la votación – la Registraduría – es uno de los tantos untados de tal corrupción. No existen garantías para asegurar que mi voto irá directamente a quien quiero que me represente. Cuando digo que no voy a votar es porque estoy pensando en mí, pienso por ejemplo que mi tiempo es valioso y no quiero irlo a desperdiciar votando, mi dinero vale y no quiero derrocharlo en el desplazamiento hasta la sede de votación y mi opinión es valiosa para que sea ignorada por un sistema corrupto.”  Y finalicé de manera tajante diciendo: “yo votaré y pensaré en tu concepto de sociedad cuando tú pienses en mi concepto de medio ambiente y dejes de contaminarlo. Cuando tú fumas piensas en ti, no piensas en los que no lo hacemos y nos estamos viendo afectados; cuando yo no voto, pienso en mí, y no estoy viendo a quienes afecto por mi falta de participación ciudadana.”

Joaquín cambió su semblante, se rió de manera hipócrita mientras se iba diciendo “hasta luego, Juacho”.

Hasta el día de hoy me pregunto si el medio ambiente hace parte de ese concepto de sociedad del que hablaba Joaquín.

Juan Camilo Marín

lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Y qué hubiera pasado en Colombia?


Leyendo indignado la noticia del terrorista que secuestró a un grupo de personas en Australia y su trágico desenlace, me puse a pensar qué podría haber pasado si eso hubiera pasado acá, en nuestra tierra. A continuación una historia basada en dicha hipótesis…

Domingo en la noche, “un grupo al margen de la ley retuvo a por lo menos un centenar de personas en el café Starbucks, el más concurrido de Bogotá” dice la periodista de noticias RCN.

Por supuesto, ninguno de los hechos está confirmado. En realidad no es un grupo al margen de la ley, se trata de un solo señor, y es un terrorista – al margen de la ley es cualquiera. No retuvo a nadie, secuestró, que es distinto. No fue a un centenar, fue una decena. Sí fue en Starbucks, pero obviamente el noticiero no tiene un reporte estadístico que soporte la aseveración de que sea el más concurrido de la ciudad. Se duda incluso de si quien presenta la noticia sea en realidad una periodista – se hace llamar Vicky. A pesar de ello, todos tragamos entero.

Las primeras demandas del terrorista – no señor al margen de la ley – se hacen escuchar. Desea presentar un pliego de peticiones directamente al presidente de turno, un tal Juanma. Obviamente, nadie le presta atención. La policía no tiene tiempo pues tiene que estar pendiente del plan retorno. El ejército no tiene presencia en la ciudad, “eso es de los tombos”, dicen ellos. Al siguiente día, el tema no se discute en el Congreso pues está en curso un debate más importante para el futuro de los colombianos: el aumento en el salario de los honorarios padres de nuestra patria, o sea, los congresistas.

Después de una semana por fin el presidente decide organizar una comisión de varios negociadores. Varios no, muchos. Porque pa’ eso sí hay plata de sobra. Las negociaciones se llevan a cabo en el café. Mientras los rehenes – no retenidos – pasan un mal tiempo, comen mal y son sometidos a vivir en condiciones infrahumanas el terrorista fue dotado con colchonetas, comida a domicilio diariamente y tres veces durante el día, una tarjeta de crédito y un portátil para que comprara cosas en Amazon cuando quisiera. Por supuesto, las cosas que pide las trae por “correo de brujas” con el fin de evadir impuestos. Todos estos gastos son subsidiados por el gobierno.

Las negociaciones se tornan un poco largas. Después del primer año nada que liberan a los rehenes – no detenidos. Ellos sobreviven apenas con las sobras que deja el terrorista y con uno que otro envío de provisiones por parte del gobierno. Mientras tanto, el terrorista convierte al café en un expendio de drogas. Por las noches entran y salen jóvenes de manera extraña. Las autoridades no pueden intervenir pues el presidente decidió que dicha zona, o sea el café, iba a estar desmilitarizada mientras se llevaran a cabo las negociaciones.

Después de dos años los diálogos “avanzan”, o por lo menos eso es lo que dice Juanma. El siguiente paso es llevar como parte de la comisión de negociación a un grupo de víctimas del terrorista – ah! que por cierto, tenía más antecedentes que pies en un ciempiés pero igual tenía los mismos derechos para negociar que cualquier otro colombiano. Entre los integrantes de la comisión están: la mamá del terrorista, la hermana, la novia y una señora que fue secuestrada por otro terrorista, nada que ver con este.

Obviamente, nada pasa. El terrorista pide cosas ilógicas, cosas que para Juanma son muy naturales pero para el resto de colombianos comunes y corrientes son un atropello por donde se les mire.

Juanma finaliza su periodo presidencial y llega un nuevo presidente. Este decide terminar con los diálogos y ordena a las fuerzas armadas tomar por la fuerza al terrorista.

Todo está listo, el grupo de valientes hombres se preparan a ingresar por la fuerza en el recinto. Justo antes de que esto ocurra el terrorista se vuelve loco y comienza a disparar a diestra y siniestra matando a seis rehenes. El grupo especial de las fuerzas armadas entra, y logra dispararle al terrorista en el pie. No le pueden disparar en la cabeza porque tienen encima a una comisión de Derechos Humanos que garantiza que todo el proceso sea llevado de acuerdo a las leyes internacionales. Después de la lesión, el terrorista es aprehendido y llevado ante la justicia colombiana.

Una vez finaliza el evento comienzan entonces dos procesos judiciales en paralelo: uno en contra del terrorista y uno en contra del militar que le disparó en el pie. Mientras el primero se dilata, una y otra vez, el segundo llega a un veredicto en menos de dos meses, después de ocurrido el evento. El militar es condenado a 10 años de prisión por tentativa de homicidio.

Pasan los años y el proceso en contra del terrorista prescribe. Una vez sucede esto dicho hombre levanta un proceso más en contra del Estado colombiano alegando que fueron violados sus derechos fundamentales. El proceso también avanza de manera eficaz y en menos de 3 meses se sentencia que el Estado debe pagarle a dicho terrorista la suma de 1500 millones de pesos por daños y perjuicios. Adicionalmente se le da asilo político en Cuba y los gatos para vivir hasta su retiro, así nunca haya trabajado de manera legal.


Mientras tanto, las familias de las seis víctimas no tienen nada más que hacer que echarse al dolor. Saben que en Colombia, el secuestro y el homicidio no son delitos de verdad, y que la justicia y el gobierno son un chiste de mal gusto.

Juan Camilo Marín

jueves, 24 de octubre de 2013

Un cuento colombiano en Londres



Con mapa en mano, algo desorientado y acompañado de su amigo colombo-español, se dirigía Juan Camilo a la catedral de San Pedro por recomendación de una amiga suya. La ciudad era Londres y esta no sólo era su primer visita sino también su primer día recorriendo sus calles.

Una vez en el sitio, Juan Camilo avista la gran estructura y se da cuenta que sacarle una buena foto estando tan cerca es algo prácticamente imposible. Entonces, se aleja poco a poco, no solo de la catedral sino de su compañero de viaje. Cruza la plaza, luego una calle, con mucho cuidado y mirando a ambos lados, pues todavía no estaba acostumbrado a la dirección opuesta de las calles londinenses.

Después de sacar la postal que necesitaba con su iPhone, se acercó un turista asiático pidiéndole el favor de tomarle unas cuantas fotos a él y a su familia. Juan Camilo, muy dispuesto, procede a sacarle algunos disparos con el susodicho aparato. Un iPad. Y es que aunque la escena podría ser vista como algo normal en estos tiempos modernos, para Juan Camilo representaba una lucha interna contra el crítico que llevaba por dentro. Para él, eso de tomar fotos con una Tablet era ridículo. Más parecía uno el cuarto árbitro de un juego de fútbol haciendo un cambio de alguno de los equipos que cualquier otra cosa.

A pesar de todo esto y haciendo caso omiso del ridículo procedió entonces a hacer las veces de fotógrafo, pensando al mismo tiempo de donde podría ser el asiático. Estaba seguro que no era chino ni japonés, sin embargo, le pareció algo imprudente preguntarle su procedencia. 

Una vez hecho el favor y devuelta la cámara, el asiático retorna indicándole que las fotos salieron malas, pues la contra-luz no dejaba ver bien los rostros de él y su familia. Juan Camilo, sin ofusque  pero con algo de afán, alista de nuevo el aparato y mientras lo hace su interlocutor le pregunta de manera inesperada su país de procedencia.

"I am from Colombia", responde Juan Camilo en un inglés con acento paisa. El orgullo se le notaba en su voz, pero por dentro se paseaba ese miedo de pensar que le fueran a mencionar las cosas tristes por las que a veces su país es recordado. La violencia, la droga, o ese señor que muchos recuerdan pero nadie quiere. Escobar.

El asiático, con cara de asombro pero a la vez sonriendo le dice en un inglés medio enredado: "Oh, very good football team!". Juan Camilo asiente lo dicho por el asiático. Él sabe que tienen la razón. 

Juan Camilo dispara de nuevo, toma las fotos y esta vez su nuevo amigo oriental está contento.

Ambos se despiden y se alejan. Uno, satisfecho de haber sacado una buena foto al lado de su familia en una metrópolis que enamora, y otro, con una sonrisa de oreja a oreja y un orgullo que se quería salir del pecho. 

“Jueputa, lástima no haber tenido la de la tricolor puesta”, dice para sí mismo sonriendo.

Sin necesidad de haber anotado, sin necesidad incluso de haber jugado, la Selección Colombiana de fútbol, una vez más, le regaló una alegría más a Juan Camilo. 

Juan Camilo Marín

viernes, 28 de junio de 2013

Cuestión de paciencia


La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces
Jean Jacques Rousseau

Amor u odio

La vida es una lucha constante entre el amor y el odio. Soy de los que cree que el punto intermedio no existe, uno ama u odia. Sin embargo, si me piden categorizar esta historia no sabría en cual de ellos dos enmarcarla. 


Mi familia y yo

Soy un medellinense cualquiera con un núcleo familiar un tanto particular. Mi familia actual se reduce a un solo miembro: mi madre Carmelina. Y digo actual pues hace cinco años estaba con nosotros mi tía Amparo, quien murió de cáncer cuando yo tenía 17. Ambas son mis ángeles guardianes – una de ellas, ya en el cielo.

Mi tía Amparo siempre me inculcó el don de la paciencia. Esa paciencia que tanto me serviría. Ella lo llamaba un don pero creo que se equivocaba pues para mí los dones son aquellos con los que nacemos, por el contrario, la paciencia es algo que se tiene que cultivar. Pero mi tía no solo predicaba acerca de paciencia, ella fue una guía constante durante toda mi niñez y juventud. 

Mi madre, por su parte, es amor en pasta. A pesar de ser muda, debido a un trauma sufrido nueve meses antes de mi nacimiento, siempre he contado con su apoyo incondicional. Nunca he recibido un maltrato de parte de ella, por el contrario, mi tía Amparo la tachaba de alcahueta. Desde que tengo uso de razón se levanta a prepararme el desayuno y cuando salgo de casa me da un beso en la frente. Cada vez que pienso en ella se me dibuja una sonrisa en el rostro. Por ella, es la razón de ser de esta historia.


Primer paso: ingresar a Almacenes La Pluma y conocer a don Luis

Ingresar a Almacenes La Pluma no fue complicado. Necesitaban un mensajero y para dicho cargo no se requiere de experiencia laboral. Apliqué y lo obtuve inmediatamente. La ventaja de ser el mensajero de una empresa es que uno puede tener acceso a todas las instalaciones y conocer a todos sus empleados, inclusive al mismo dueño. En este caso, el dueño de Almacenes La Pluma se llamaba don Luis.

El día que conocí a don Luis fue tal cual como lo describió mi tía antes de morir. Un señor bocón, medio montañero y grosero. Con el tiempo y las diversas conversaciones logré descifrar más detalles de su vida. Era soltero y mujeriego, y lo que tenía de soez lo tenía de desconfiado. Sin embargo, estos detalles eran de poca importancia para mí. Lo que realmente atrajo mi atención fue su amor por el dinero. Amor que él mismo profesaba a cada momento cuando pronunciaba su motto: “sin dinero no hay vida”. Amor que fue el motivo de su perdición. 


Segundo paso: aprender

Después de mi primer año en Almacenes La Pluma decidí ‘que hacer con mi vida’. Lo pongo entre comillas pues me causa gracia que la gente diga eso de ‘que hacer con mi vida’ cuando se refiera a decidir qué estudiar. Mi elección fue ingeniería de sistemas. 

Creo que el haber elegido tal carrera fue un gravísimo error. La razón principal para escogerla era que quería ser un hacker y para ser un hacker no se debe estudiar ingeniería de sistemas. Se debe estudiar programación. De hecho, los mejores hackers de la historia ni siquiera han estudiado. Simplemente necesitan acceso a la web y ya.

Debo admitir que este segundo paso me costó trabajo. No sólo era el tiempo sino también el espíritu. Recuerdo que pasaba horas enteras, día y noche, aprendiendo cómo quebrar contraseñas. Poco a poco fui aprendiendo nuevos trucos. Esto de hackear es un arte y por tal razón requiere práctica. Práctica que me consumió unos cuatro largos años de mi vida.

El hito lo marcó el día que aprendí a robar dinero de una cuenta bancaria. 


Tercer paso: identificar el momento propicio

A pesar de que me ofrecieron mejores cargos en la empresa siempre desistí de ellos pues el ser mensajero tenía un privilegio que los demás no me ofrecían: acceso directo a don Luis. 

Después de cumplir cinco años en una empresa como mensajero te enteras de muchas cosas. De las aventuras de sus empleados, de los cumpleaños de cada uno de ellos, y por supuesto, de cuándo el jefe suele quedarse un rato solo los viernes en la noche. En el caso de don Luis era el último viernes de cada mes. Era como un ritual. Después de su reunión con la junta directiva de 5 pm a 6 pm se encerraba en su oficina por unas largas dos horas  acompañado siempre de una botella de Old Parr. Él nunca hubiera pensado que el viernes pasado era su último. 

El viernes pasado terminé mis deberes temprano. Siendo las 4 pm me dirigí entonces a la oficina de don Luis, teniendo precaución de que nadie se diera cuenta. Allí esperé paciente dos horas. Eso es nada comparado a los cinco años que llevaba esperando por ese momento.


Cuarto paso: contar un cuento

Semejante susto se llevó don Luis cuando llegó a las 6 pm y me vio sentado en su sillón con mis zapatos puestos sobre el escritorio.

“¿Qué hace usted acá?” Preguntó con tono gritón, como de costumbre.

“Don Luis, por qué no se sienta. Quiero contarle un cuento.”

“Qué cuento ni qué hijueputas, usted está loco. Lo voy a despedir y voy a llamar a seguridad ya mismo!” Decía en tono amenazante mientras procedía a retirarse. Entonces comencé inmediatamente.

“El nombre Carmelina le debe sonar, cierto?” Entonces se detuvo cual si hubiera utilizado el freno de emergencia, se volteó pálido y me dijo.

“¿Qué quiere de mi y quién es usted realmente?”

“¿Llevo cinco años trabajando en esta empresa, conoce mi nombre pero no me reconoce? Qué poco detallista don Luis. Pero venga, por favor siéntese cómodo. Al fin y al cabo estamos en su oficina!”

Don Luis entonces procedió a entrar a la oficina, cerró la puerta y se sentó en la silla que estaba al frente mío. No se molestó en levantarme de su sillón, ese de cuero negro que reflejaba su poder.

“Espero le guste el cuento.”

Bajé mis pies del escritorio. Puse los codos en la mesa y mis manos debajo de la boca, con mis dedos índices apuntando a mi nariz, cual si fuera un analista político, y comencé.

“Hace cinco años murió alguien a quien usted conoce muy bien. Alguien a quien vio muchas veces en los juzgados. Esa persona era mi tía Amparo, que en paz descanse. Antes de morir, ella me confesó algo que yo no conocía hasta ese entonces y que daba respuesta al por qué mi madre no hablaba. Supongo que a mi madre tampoco es necesario que se la introduzca, cierto?” Pregunté, con odio evidente. “Pero qué tonto soy, si hablamos de introducir usted es el experto, no cierto, hijo de puta?!” Le grité, a la vez que golpeaba con mis puños el escritorio de don Luis. 

Me calmé, respiré profundo y continué. “¿Sabe qué odio de este país, don Luis? Dije. “Que todo, absolutamente todo, se puede comprar con dinero. Incluso la libertad. No cree usted?” No hubo respuesta alguna. Lo único que se reflejaba en el rostro de don Luis era una mezcla extraña entre resentimiento y miedo.

“Por qué no dice nada, usted que tanto le gusta gritar y maldecir.” Silencio. Ni una sílaba salía de su boca.

“Pero qué pena. Me desvié del cuento. Proseguiré.” Dije en tono obviamente sarcástico. “Yo pensaba que la mudez de mi madre era un mal de nacimiento, pero al parecer no era así. Mi tía me dijo que durante más de diez años estuvo yendo a los juzgados tratando de demostrar el trauma que había sufrido mi madre producto de una violación. El responsable, al parecer era un tal Luis Alberto Gómez. El problema de todo el proceso es que mi madre, además de no poder hablar por el incidente, tampoco quería ir a juicio por miedo a verle la cara a su violador. Por supuesto, como todo en Colombia se puede, el acusado pagó los mejores abogados del país y salió bien librado del proceso para poder continuar su vida de rico de manera impune.” Respiré profundamente de nuevo. “Lo peor de todo fue darme cuenta que yo era el producto del acto y por supuesto hijo del puto violador.” Me detuve, lo miré fijamente a los ojos y le pregunté:

“¿Usted sabía que por su culpa yo no le conozco la voz a mi madre? Don Luis, por qué putas la violó?!”

“Eso no fue violar. La conocí en una noche de fiesta. No me prestó mucha atención en un principio, así que la emborraché y listo. Lástima que estaba medio dormida cuando me la comí.”

“Definitivamente su ignorancia reluce…” Agaché la mirada, hice una mueca y continué. “La segunda parte del cuento, requirió de un elemento fundamental: paciencia. Aquel bastardo, al conocer la verdad respecto a su existencia decidió ir en búsqueda del violador. Al principio pensó hacer la más sencilla, o sea, pegarle un tiro y arreglar la situación. Sin embargo, el muchacho era inteligente y sabía que aquello le traería una tristeza más a su madre. Acto seguido, decidió conocer un poco más del violador y atacarlo donde más le dolía. Para hacerlo le costó unos largos cinco años.” Me detuve mientras saqué un revolver calibre 38 de mi chaqueta que lo puse sobre la mesa.

“¿Qué piensa hacer? ¿Está loco? ¿No acaba de decir usted mismo que dispararme le traería más problemas a su mamá?” Gritó, mientras se levantaba asustado de su silla. Mientras tanto, yo dejé el revolver en la mesa y me iba caminando despacio hacia la puerta. Finalmente le dije:

“No don Luis. Yo no le pienso disparar. El revolver es un regalo para usted, en vista de que ya no tiene nada. Cuando quiera, puede ingresar a todas sus cuentas, todas y cada una de ellas están en cero. Todas. Acá, en Estados Unidos, en Suiza, en Islas Caimán. Ni un peso, ni un dólar, ni un euro.” Me disponía a abandonar la oficina, pero entonces recordé algo fundamental. Volteé mi cabeza y con una sonrisa en mi rostro dije: “espero que ponga en práctica su motto, ese de sin dinero no hay vida.”

Cerré la puerta y me alejé caminando, esperando escuchar en cualquier momento el disparo de un arma que nunca sonó. Cuando llegué al primer piso del edificio y salí a la calle vi cuando se amontonaba la gente en torno a un viejo gordo que estaba vuelto mierda en el pavimento. “Seguramente no supo utilizar el revolver,” pensé.

Juan Camilo Marín

sábado, 27 de abril de 2013

Los cinco jueces


Yo

Los que no me conocían me llamaban por mi nombre, Sebastián Ochoa. Mis amigos me apodaban Ochoa y las mujeres con las que alguna vez salí me describían como un perro. No entiendo por qué. Una prima mía definía a un hombre perro como aquel que tiene novia y se acuesta con otras mujeres. Si me preguntaban, yo no tenía novia, luego, por ley de transición, no era perro.

Era un ser humano cualquiera. Trabajaba, vivía solo, jugaba al fútbol. Como todo el mundo, acostumbraba a quejarme de mi trabajo, porque como todo el mundo sólo lo tenía por amor al preciado metal. Y es que tristemente hay que decir que en la vida todo se consigue con el dinero. Todo, sin excepción.

Antes de que todo sucediera no hablaba mucho con mi familia, sabía dónde vivían y sabía que se encontraban bien. Por ahí dicen que las noticias malas son las primeras en llegar, así que por eso lo sabía. Con mis amigos salía cada vez que ellos me invitaban, no acostumbraba a organizar salidas ni mucho menos a convocar gente para algún evento especial. El ser humano, y en especial el colombiano, tiene por deporte ignorar las invitaciones ajenas, o en ocasiones, pasarlas por alto.  En más de una ocasión se me habían echado para atrás personas las cuales originalmente fueron las que me invitaron a algún tipo de plan. En realidad, eso era pan de cada día.

No creía en Dios, de hecho, sigo sin creer en él pues no lo he visto. Primero, porque pensaba que eso de “no creer en Dios” estaba de moda, segundo, porque creía que creer en Dios era una perdedera de tiempo. El hombre siempre necesita excusas para justificar sus cagadas, y al parecer una de ellas es la existencia de un Dios. A pesar de esto, respetaba a quienes creían en él, cada quien es libre de derrochar su tiempo como se le venga en gana.

No me importaban las personas. No me metía con nadie. El concepto de semejante era desconocido. La palabra altruismo sólo la escuchaba en el Chavo del Ocho, sin importarme siquiera su real significado.

Si morían personas por causa del hambre, no era problema mío, era problema de la selección natural – gracias por esa Darwin!

Si los políticos se seguían robando el dinero de mis impuestos, no era problema mío. Bueno, técnicamente sí, pero eso era una causa perdida.

Si un niño no podía formarse porque no existía un sistema que le ofreciera educación,  no era problema mío, era problema del gobierno. Sí ya sé que el gobierno lo elige el pueblo y se supone que era parte de uno, pero todos sabemos que un miserable voto no hace la diferencia.

Si había un loco en Estados Unidos que mataba a tiros a un montón de gente, no era problema mío, era problema del gobierno de Estados Unidos y de los que votaban allá por ese gobierno.

En conclusión, mi filosofía de vida era simple: “hagan lo que quieran, no es problema mío, es problema de alguien más”.



El accidente

Era una tarde lluviosa, como ya se acostumbraba en la ciudad de Medellín. El día en el calendario marcaba 22 o 23, no lo recuerdo exactamente. Eso sí, estoy seguro que era Marzo.  Puto mes.

Por esa época, Medellín sufría de una trombosis vehicular. La circulación era imposible en toda la ciudad.  Salí de mi trabajo y me disponía a cruzar la avenida Las Vegas. Había un taco impresionante y lo único que se me ocurrió hacer en dicho momento fue pasar entre los vehículos y no por la cebra peatonal al lado del semáforo. La vía contaba con tres carriles de vehículos, pasé detrás del primer vehículo e inmediatamente miré con precaución si venía una moto por el espacio que se hacía entre el primer y segundo carril. El segundo espacio también lo pasé apresuradamente, pero cuando ya estaba detrás de un bus en el tercer carril me di cuenta que el bolsillo trasero de mi pantalón se sentía liviano. Volteé inmediatamente y descubrí que mi billetera estaba justo en medio del espacio que se hacía entre los carros,  justo encima de una línea pintada en el asfalto, de esas que son resbalosas y peligrosas cuando está lloviendo. Regresé a recogerla y cuando miré a mi izquierda, en sentido contrario al de la vía ya la moto estaba sobre mi.

Toda mi vida me burlé de quienes tenían muertes pendejas. De hecho, mi programa favorito por aquellos días era 1000 Maneras de Morir. Siempre decía que San Pedro no dejaría pasar al reino de los cielos a ninguno que hubiera muerto de manera estúpida. Ese, sin embargo, no fue mi karma.



La oscuridad

Lo último que recuerdo justo después de recoger mi billetera es que vi algo brillante en mi rostro. Al parecer era la farola de la moto. Después todo fue un ‘flash’ tras otro. Oí algunos gritos. Luego silencio. Luego personas hablando.  Silencio de nuevo. A continuación, sentí un dolor indescriptible que me chuzaba el cerebro. Después de un momento, tal vez el más largo en toda mi existencia todo fue oscuridad.

Como si fuera cliché también me cuestioné a mí mismo si en efecto estaba muerto. Si al día de hoy alguien pudiera preguntarme qué era lo que sentía en ese momento no sabría como responderle.  Lo único que puedo aseverar es que había una completa y prolongada oscuridad.



El Juicio

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que todo se puso blanco. Si alguna vez se vieron la película The Matrix saben a qué me refiero. En ese entonces salieron siete hombres. Cada uno de ellos tenía una bata que los cubría su rostro, cual si fueran parcas. La bata de cada uno tenía distintos diseños. Rombos, círculos, triángulos. Al parecer la matemática tenía su participación en el otro mundo. Comenzaron a hablar en mi idioma, español, lo cual me pareció muy particular. Si alguna vez me imaginé que hubiera otro mundo nunca se me pasó por la mente que hablaran un idioma en especial y mucho menos mi lengua materna.

“Levántate” dijo uno de ellos. La verdad no entendí a que se refería pues yo no sentía que estuviera sentado o acostado, simplemente me encontraba en un estado de trance.

Quería hablar pero no podía. “Sólo puedes hablar cuando nosotros te lo indiquemos”. Ok, entendido, me dije para mis adentros.

“¿Qué es lo que más temes, Sebastián?” Preguntó, el señor del extremo derecho.

Lo único que se pasó por mi mente en aquel instante fue… “la soledad”. Sin darme cuenta modulé aquellas dos palabras. Al parecer ya había sido concedido con el don de hablar. La vida es irónica, no me preocupé nunca por las personas que me rodeaban y sólo hasta ese momento me di cuenta que siempre tuve alguien junto a mi. Un amigo, un compañero de trabajo, una de mis “amiguitas”. Muy en el fondo de mí le temía a algo que nunca pude experimentar: la soledad.

“Perfecto. Con todo aclarado debemos dar comienzo al juicio. La mecánica es muy sencilla: cada uno de nosotros se presentará, te hará una sola pregunta y tú deberás responderla como te plazca. Luego, con base en dicha pregunta daremos un voto a favor o en contra tuya, y listo. Supongo que al final sabrás que sucede si la mayoría te favorecemos o no.”

Intenté preguntar cuál sería el castigo o premio, pues era obvio que no tenía la más mínima idea, sin embargo, me fue imposible modular palabra alguna. Al parecer ya no tenía el dichoso don del habla.

A continuación, la palabra la tomó el juez del extremo izquierdo. “Mi nombre es Alicia, soy el juez de la verdad” En ese instante recordé que ese nombre significaba algo en griego. Alicia significa verdad. Tenía sentido entonces.  “Sebastián, cuántas veces mentiste con intención de herir a alguien?”

En ese instante me quedé sin respuesta alguna. A mi mente se venían tantas memorias que no podía incluso contabilizarlas. A pesar de saber que en ese momento ya podía responder no lo hice. Acto seguido, se dibujó una línea vertical en algo parecido a una pizarra que estaba en un costado del espacio. Sinceramente, no sé cuando apareció. Digo el espacio pues no sé de qué otra forma se pueda describir a ese eterno blanco en el que me encontraba.

Luego vino la introducción del siguiente juez, el segundo de izquierda a derecha. “Mi nombre es Epimoni,” dijo, “y soy el juez de la perseverancia. ” En ese instante no supe qué significaba su nombre, debo suponer que algo en griego. “Sebastián, qué tanto luchaste por tus sueños?”

Perseverancia. Palabra desconocida en mi diccionario. Siempre soñé con ir a Nueva York, montar en una moto a 240 kilómetros por hora e ir a un concierto de The Offspring. Eran simples pendejadas pero eran mis pendejadas. Lo cierto  es que no hice nada para cumplirlas. Temía viajar, me daba pena hablar inglés y nunca tuve la moto porque siempre había un excusa: el dinero, tener que aprender a manejarla o el típico ‘hay cosas más inmediatas o útiles.’

“Nada” respondí. De nuevo se dibujó otra línea en el tablerito. Al parecer los votos en contra eran marcados de esta forma. A esas alturas no sabía si alcanzaría a conocer cómo se dibujaban los votos a favor.

“Mi nombre es Sebasmós, y soy el juez del respeto” Dijo el tercer juez, que interrumpió mis pensamientos. “Sebastián, respetaste a tus semejantes?”

Otra vez no supe qué responder. La definición de respeto según las religiones difiere entre una y otra. Técnicamente, nunca irrespeté a nadie. Como lo dije previamente cada quien es libre de derrochar su tiempo como se le venga en gana. “Sí” contesté. Un círculo se dibujó en el pizarrón. En ese instante pensé que la vida está llena de cosas inexplicables. Siempre en la universidad exigían respuestas complicadas para problemas aún más complicados y en cambio, ahí estaba yo, enfrente de quienes parecían mis inquisidores, y aparentemente con un simple ‘si’ me gané mi primer voto a favor.

Sin perder tiempo llegó la presentación del cuarto juez. “Mi nombre es Katadiki, y soy el juez de la convicción”. Luego vino la tan esperada pregunta: “Sebastián, qué tan convencido eras de tus propias ideas?”

“Mucho” Contesté sin pensar. Lo cierto es que todo lo que describí de mí mismo en un comienzo tiene su razón de ser. Yo tenía claras mis convicciones. El segundo círculo se dibujó y concluí entonces que para mí esta pregunta fue sencilla.

A continuación se presentó el último juez. Este fue el que al principio me preguntó por mi mayor temor y que además me explicó la dinámica de todo eso que estaba viviendo.  “Mi nombre es Flelilia, y soy el juez del altruismo” Entonces, se vino a mi mente aquel capítulo del Chavo del Ocho en el cual explicaban qué era una persona altruista. Intenté reírme pero era imposible.

Algo extraño ocurrió en ese instante. Mi mente se puso en blanco. No, para ser exactos, todo se puso en blanco. Entonces comencé a escuchar de nuevo algunas voces. Al parecer estaba volviendo a sentir lo mismo que sentí inmediatamente después del accidente. Las voces eran de dos hombres.

“Pero doctor, debemos hacer algo por este joven, sino, quedará en este estado por siempre” Dijo una de las voces.

“Es cierto y en efecto el procedimiento que te estoy describiendo podría tener efectos muy positivos. De hecho, estoy seguro que podríamos regresarlo” Respondió la otra voz, “sin embargo, no creo que el hospital cubra los gastos”

La primera voz le reclamó con aire de desesperación. “Doctor, nosotros debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para salvar la vida de una persona. Todos sabemos que esos procedimientos son caros, pero debemos arriesgarnos primero, y luego veremos cómo se cubren los gastos!”

Y entonces, el doctor, aquel que era la segunda voz respondió con aire despectivo, y con una frase que era conocida para mí. “Lo siento enfermera pero esto se sale de mis manos,  no es problema mío, es problema del hospital o de su familia por no tener dinero”.

Las voces se apagaron. Sin pensarlo estaba al frente de los cinco jueces de nuevo. No había terminado de asimilar lo que había dicho el doctor, cuando el último juez cerró con broche de otro preguntando: “Sebastián, aún crees que vas a ganar este juicio?”

Agaché la mirada. No fue necesario ver el pizarrón para saber que la tercera línea se había dibujado. Todo se volvió de nuevo oscuridad y entendí que la soledad, aquello a lo que más temía, iba a ser mi infierno.


Juan Camilo Marín