miércoles, 13 de mayo de 2015

Cómo derrumbar ese concepto falso de sociedad


"La mitad de los problemas en el mundo se solucionarían si las personas pusieran en práctica los conceptos que promueven." - Yo


En uno de mis tradicionales viajes al Centro de Medellín me encontré con Joaquín, un ex-compañero de estudio, crítico y fumador a morir. Era de los que siempre señalaba el problema pero no la solución. Por encima se le veía que terminaría metido en la política.

“Qué más Juan!! Cómo vas? Qué me cuentas de tu vida?”, me dijo con cierta euforia actuada, a la vez que extendía sus brazos para darme un abrazo.

“Bien, bien. Sin mucha novedad”, respondí con poco entusiasmo, y con cierta cara de rechazo mientras lo abrazaba de vuelta y tenía cuidado con el cigarro que tenía él en su mano.

No quiero entrar en el detalle de toda la conversación, pues si lo hiciera perderían el interés en esta historia. Me limitaré entonces a describir de manera detallada la parte final de la misma.

Valga aclarar, y para entender lo que les voy a narrar, que por aquellos días Joaquín resultó ser un candidato al Concejo de Medellín, su botón pegado en la camisa dejaba leer ‘Vota 5 por Joaco’.

Sin más preámbulo voy al grano del asunto.

Joaquín me dice: “Juancho, y contame. Por quién tenés pensado votar en estas elecciones?”

“Por nadie”, le respondo. “Creo que el voto en Colombia es algo por lo cual no vale la pena esforzarse”

“Juancho, creo que estás equivocado. No estás teniendo en cuenta el concepto de sociedad. Si queremos hacer sociedad entonces tenemos que votar. Pensar que nuestro voto no hace la diferencia es algo que no es propio de alguien inteligente, como tú”, dijo cual si fuera un sacerdote dando un sermón.

Debo ser honesto, me ofendió lo que dijo respecto pensar que si no voto entonces sería ‘poco inteligente’. Sin embargo, respiré profundo y procedí a aclararle mi argumento.

“Joaquín, te puedo preguntar algo distinto a este tema de política?”, interrogué de manera abrupta.

“Sí, claro!”, me respondió con su sonrisa fingida.

“Por qué fumas?”, le pregunté.

“Cómo así que por qué fumo?”

“Sí, yo quiero que me cuentes cuál es la razón por la que fumas”, enfatizo, mientras él responde con mirada capciosa: “Fumo porque me relaja”

“Entiendo… Eso quiere decir que cuando fumas pensás en vos, en tu ser, en tu tranquilidad?”

“Mmm, sí… ya que lo pones de esa manera, sí. Pienso en estar más tranquilo”

“Vale, perfecto. Entonces te aclaro: yo no voto por la misma razón que vos fumás”, le respondí de manera seca.

“Cómo así?”, me contestó con cara de no creer mi argumento.

“Mirá, seamos honestos: en Colombia, las personas que elegimos son corruptas, y el ente que regula la votación – la Registraduría – es uno de los tantos untados de tal corrupción. No existen garantías para asegurar que mi voto irá directamente a quien quiero que me represente. Cuando digo que no voy a votar es porque estoy pensando en mí, pienso por ejemplo que mi tiempo es valioso y no quiero irlo a desperdiciar votando, mi dinero vale y no quiero derrocharlo en el desplazamiento hasta la sede de votación y mi opinión es valiosa para que sea ignorada por un sistema corrupto.”  Y finalicé de manera tajante diciendo: “yo votaré y pensaré en tu concepto de sociedad cuando tú pienses en mi concepto de medio ambiente y dejes de contaminarlo. Cuando tú fumas piensas en ti, no piensas en los que no lo hacemos y nos estamos viendo afectados; cuando yo no voto, pienso en mí, y no estoy viendo a quienes afecto por mi falta de participación ciudadana.”

Joaquín cambió su semblante, se rió de manera hipócrita mientras se iba diciendo “hasta luego, Juacho”.

Hasta el día de hoy me pregunto si el medio ambiente hace parte de ese concepto de sociedad del que hablaba Joaquín.

Juan Camilo Marín

lunes, 27 de abril de 2015

23 razones para estar allá en Holanda, y no acá en Colombia

Hoy hace un año publiqué un artículo titulado "23 razones para estar allá en Colombia, y no acá en Holanda". Obviamente el artículo tuvo algunas críticas. Fueron bien recibidas pues como en su momento lo dije fue algo meramente personal, y obviamente, subjetivo.

El día de hoy vengo a cumplir una promesa que hice a mi parcero y ex-roommate Chris Holtslag. Es por esta razón que escribí la antítesis de aquel artículo, al cual titulo simplemente "23 razones para estar allá en Holanda, y no acá en Colombia".

Vale aclarar que el listado no sólo obedece a cosas que extraño de Holanda - el país que me hospedó por dos años - sino que además es una crítica fuerte a muchas de las cosas que nos destruyen como colombianos.

Los que me conocen o han tenido contacto reciente conmigo saben perfectamente cuál mi posición respecto a si quiero vivir acá en Colombia o allá en Holanda. A ellos, no requiero darles explicación. Al resto, pueden opinar pues insisto, esto es algo personal y subjetivo.

A mis amigos colombianos extra-amantes de nuestro país les pido disculpas de una vez. Cosas como las que escribo pueden doler, pero seamos honestos, la verdad duele. A continuación, entonces, les comparto el listo. Espero les guste!

  • Razón nro. 1. Allá el transporte público es accesible, integrado y sostenible; montar en bus no te hace rico ni pobre, simplemente te hace partícipe de un sistema de uso masivo. Acá el transporte público es algo que no entendemos: los que lo diseñan no conocen el concepto de sostenibilidad, los que lo construyen no conocen el significado de honestidad, y los que lo usamos no sabemos lo que es practicidad, simplemente nos interesa tener “el carrito” porque nos da más estatus.
  • Razón nro. 2. Allá se entiende el concepto de individualidad. Cada quien hace de su vida lo que quiera (siempre y cuando no afecte la libertad de los demás). Acá en Colombia el concepto de individualidad es lo contrario: yo hago lo que se me venga en gana sin importar si afecto a los demás. Es común por ejemplo encontrar al vecino que pone vallenatos a “todo taco” a las seis de la mañana sólo porque a él le gusta.
  • Razón nro. 3. Allá la honestidad es parte fundamental en la educación de las personas. Acá es un valor subvalorado. Se rechaza al que es honesto, incluso, se le llega a criticar de “pendejo”. Nos gusta ser “abispaos”, eso de la honradez no es lo nuestro.
  • Razón nro. 4. Allá está Ámsterdam, con sus canales, su Distrito Rojo, sus permisiones y su magia. Acá está la calle de la Veracruz con sus putas y jíbaros. 
  • Razón nro. 5. Allá llegan bandas de verdad a presentar sus shows. Existe la variedad en géneros y los escenarios son los adecuados para disfrutar de su música. Acá sólo vienen reguetoneros y a los pocos grupos que vale la pena escuchar los meten en sitios de mala muerte en donde se siente sólo el eco y no se disfruta el concierto.
  • Razón nro. 6. Allá se puede ir a un partido de la Champions. Acá no.
  • Razón nro. 7. Allá está Delft, pueblito hermoso y tranquilo, en donde irse a tomar una cerveza al centro era de lo mejor. Acá no hay Delft.
  •  Razón nro. 8. Allá el tiempo personal es de gran importancia. Acá en Colombia todavía existen quienes se sorprenden cuando unos les dice que “el fin de semana es para descansar y no para trabajar”
  • Razón nro. 9. Allá estaba Foulkeslaan y su gente. Acá no - bueno, parte pero no toda.
  • Razón nro. 10. Allá las mujeres son independientes. Estudian para trabajar y trabajan para correr con todos sus gastos. Acá todavía existen mujeres que pretenden que el hombre sea su chequera perpetua. Trabajan para sus antojos, porque para el resto de necesidades básicas buscan al marrano que se las supla.
  • Razón nro. 11. Allá existe una enorme variedad de quesos. Acá no (bueno, tenemos el quesito, que no existe en ningún otro lado).
  • Razón nro. 12. Allá la gente es CUMPLIDA. Acá no, y lo peor de todo: nos sentimos orgullosos de no serlos. Acá el cumplimiento es una variable que depende de todo menos de uno.
  • Razón nro. 13. Allá la gente acepta sus errores y los confronta. Acá tenemos la costumbre de echarle la culpa a entes o gentes ajenas a nosotros: “si llego tarde es culpa del taco o de Parques del Río”; “todos los problemas en el país son culpa de Uribe, la guerrilla o Santos”; “si saco provecho es porque por otro lado están sacando provecho de mí”; y así. 
  • Razón nro. 14. Allá se puede salir tranquilo a disfrutar de lo de uno. Acá en Colombia sacás a pasear tu moto que tanto esfuerzo y trabajo te tocó conseguir y llega una rata y te la roba con arma en mano. 
  • Razón nro. 15. Allá tienes a tu eterna compañera la bicicleta. Con ella sales a donde puedas porque a donde quieras ir existen vías para ella. Acá  tenemos a los mejores ciclistas del mundo pero no tenemos ciclorutas para irnos a trabajar.
  • Razón nro. 16. Allá las personas reconocen la importancia del derecho a la vida. Acá en Colombia matamos por cualquier cosa: apuestas, desacuerdos, equipos de fútbol o dinero.
  • Razón nro. 17. Allá se consiguen las mejores cervezas del mundo en cualquier bar. Acá en Colombia nos jactamos diciendo que BBC o Tres Cordilleras son lo mejor.
  • Razón nro. 18. Allá están varios hermanos que no son de sangre pero sí de corazón, algunos no son colombianos pero los quiero como tal. Acá en Colombia no están, pero son más que bienvenidos.
  • Razón nro. 19. Allá, cuando vas a cruzar una cebra, te frenan. Acá te aceleran. 
  • Razón nro. 20. Allá la gente habla inglés como si nada. Acá todavía existen personas que les da miedo practicarlo.
  • Razón nro. 21. Allá el internet es de 100 megas. Acá apenas llegamos a los 10.
  • Razón nro. 22. Allá se pueden decir las cosas de frente (de manera respetuosa) y la gente entenderá lo que es, sin resentimientos ni dobles interpretaciones. Acá todo nos gusta “pacito”. No se puede decir de frente las cosas malas porque siempre habrá un problema. Si se le dice incumplido al incumplido, entonces se rebota. Si se le dice perezoso al perezoso entonces se resiente. Si algo está mal hecho y se recalca entonces termina uno crucificado…
  • Razón nro. 23. Allá el sistema funciona. Acá en Colombia no, y lo poco que funciona lo está acabando todo lo malo que acabo de mencionar.

lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Y qué hubiera pasado en Colombia?


Leyendo indignado la noticia del terrorista que secuestró a un grupo de personas en Australia y su trágico desenlace, me puse a pensar qué podría haber pasado si eso hubiera pasado acá, en nuestra tierra. A continuación una historia basada en dicha hipótesis…

Domingo en la noche, “un grupo al margen de la ley retuvo a por lo menos un centenar de personas en el café Starbucks, el más concurrido de Bogotá” dice la periodista de noticias RCN.

Por supuesto, ninguno de los hechos está confirmado. En realidad no es un grupo al margen de la ley, se trata de un solo señor, y es un terrorista – al margen de la ley es cualquiera. No retuvo a nadie, secuestró, que es distinto. No fue a un centenar, fue una decena. Sí fue en Starbucks, pero obviamente el noticiero no tiene un reporte estadístico que soporte la aseveración de que sea el más concurrido de la ciudad. Se duda incluso de si quien presenta la noticia sea en realidad una periodista – se hace llamar Vicky. A pesar de ello, todos tragamos entero.

Las primeras demandas del terrorista – no señor al margen de la ley – se hacen escuchar. Desea presentar un pliego de peticiones directamente al presidente de turno, un tal Juanma. Obviamente, nadie le presta atención. La policía no tiene tiempo pues tiene que estar pendiente del plan retorno. El ejército no tiene presencia en la ciudad, “eso es de los tombos”, dicen ellos. Al siguiente día, el tema no se discute en el Congreso pues está en curso un debate más importante para el futuro de los colombianos: el aumento en el salario de los honorarios padres de nuestra patria, o sea, los congresistas.

Después de una semana por fin el presidente decide organizar una comisión de varios negociadores. Varios no, muchos. Porque pa’ eso sí hay plata de sobra. Las negociaciones se llevan a cabo en el café. Mientras los rehenes – no retenidos – pasan un mal tiempo, comen mal y son sometidos a vivir en condiciones infrahumanas el terrorista fue dotado con colchonetas, comida a domicilio diariamente y tres veces durante el día, una tarjeta de crédito y un portátil para que comprara cosas en Amazon cuando quisiera. Por supuesto, las cosas que pide las trae por “correo de brujas” con el fin de evadir impuestos. Todos estos gastos son subsidiados por el gobierno.

Las negociaciones se tornan un poco largas. Después del primer año nada que liberan a los rehenes – no detenidos. Ellos sobreviven apenas con las sobras que deja el terrorista y con uno que otro envío de provisiones por parte del gobierno. Mientras tanto, el terrorista convierte al café en un expendio de drogas. Por las noches entran y salen jóvenes de manera extraña. Las autoridades no pueden intervenir pues el presidente decidió que dicha zona, o sea el café, iba a estar desmilitarizada mientras se llevaran a cabo las negociaciones.

Después de dos años los diálogos “avanzan”, o por lo menos eso es lo que dice Juanma. El siguiente paso es llevar como parte de la comisión de negociación a un grupo de víctimas del terrorista – ah! que por cierto, tenía más antecedentes que pies en un ciempiés pero igual tenía los mismos derechos para negociar que cualquier otro colombiano. Entre los integrantes de la comisión están: la mamá del terrorista, la hermana, la novia y una señora que fue secuestrada por otro terrorista, nada que ver con este.

Obviamente, nada pasa. El terrorista pide cosas ilógicas, cosas que para Juanma son muy naturales pero para el resto de colombianos comunes y corrientes son un atropello por donde se les mire.

Juanma finaliza su periodo presidencial y llega un nuevo presidente. Este decide terminar con los diálogos y ordena a las fuerzas armadas tomar por la fuerza al terrorista.

Todo está listo, el grupo de valientes hombres se preparan a ingresar por la fuerza en el recinto. Justo antes de que esto ocurra el terrorista se vuelve loco y comienza a disparar a diestra y siniestra matando a seis rehenes. El grupo especial de las fuerzas armadas entra, y logra dispararle al terrorista en el pie. No le pueden disparar en la cabeza porque tienen encima a una comisión de Derechos Humanos que garantiza que todo el proceso sea llevado de acuerdo a las leyes internacionales. Después de la lesión, el terrorista es aprehendido y llevado ante la justicia colombiana.

Una vez finaliza el evento comienzan entonces dos procesos judiciales en paralelo: uno en contra del terrorista y uno en contra del militar que le disparó en el pie. Mientras el primero se dilata, una y otra vez, el segundo llega a un veredicto en menos de dos meses, después de ocurrido el evento. El militar es condenado a 10 años de prisión por tentativa de homicidio.

Pasan los años y el proceso en contra del terrorista prescribe. Una vez sucede esto dicho hombre levanta un proceso más en contra del Estado colombiano alegando que fueron violados sus derechos fundamentales. El proceso también avanza de manera eficaz y en menos de 3 meses se sentencia que el Estado debe pagarle a dicho terrorista la suma de 1500 millones de pesos por daños y perjuicios. Adicionalmente se le da asilo político en Cuba y los gatos para vivir hasta su retiro, así nunca haya trabajado de manera legal.


Mientras tanto, las familias de las seis víctimas no tienen nada más que hacer que echarse al dolor. Saben que en Colombia, el secuestro y el homicidio no son delitos de verdad, y que la justicia y el gobierno son un chiste de mal gusto.

Juan Camilo Marín

lunes, 12 de mayo de 2014

Carta abierta para mi padre en su cumpleaños


Papá,

Perdona si en esta ocasión no decidí regalarte lo usual. Pensé en darte una corbata o una camisa, pero admitámoslo, a pesar de lo mucho que te gusta la ropa elegante, también tienes mucha. Luego se me ocurrió enviarte una torta de chocolate, pero entonces recordé que el doctor recomendó bajarle a los niveles de azúcar, por lo tanto esta no era una buena opción. Finalmente, se pasó por mi mente una cena familiar, pero bien sabes que por ahora esto me queda un poco complicado debido a la distancia. 

Después de devanarme la mente tratando de figurar el regalo perfecto se me ocurrió entonces darte algo que considero más especial. Hoy, día de la Virgen María y día de tu cumpleaños, he decidido presentarte unas cuantas palabras.

Creo que la vida, entre muchas otras cosas, se compone de recuerdos, agradecimientos y perdones. Los recuerdos nos ayudan a forjarnos como personas, buscando no cometer los mismos errores que hemos cometido y mejorar las cosas buenas que hemos hecho. Los agradecimientos, son la forma de devolver el favor recibido de la manera más sencilla pero también más sincera. Los perdones, nos vuelven más humanos y nos ayudan a fortalecer lazos con quienes realmente nos aman. Hoy vengo a hablarte de eso: de recuerdos, agradecimientos y perdones.

Hablemos por ejemplo del fútbol que tanto nos gusta a los dos…

Recuerdo con gran cariño aquellos partidos que nos jugábamos donde el tío Gerardo, en los cuales yo siempre quería jugar de delantero tratando de anotar y tú hacías las veces de defensa, que por cierto, hacías muy bien. Admito que siempre quise ser de bueno como tú.

Quiero agradecerte por inculcarme el fútbol. Gracias porque en él he encontrado alegrías y tristezas, pasión y odio, esperanza y decepción. El fútbol es, en muchos aspectos, el espejo de nuestra realidad. Gracias papá, por las pelotas o guantes de arquero que me compraste. Por darme ese pequeño uniforme de Atlético Nacional cuando apenas entendía el significado de un gol. Gracias por llevarme a ver al Verde al Atanasio por primera vez.

Perdón si no logré ser ese jugador ‘calidoso’ que de pronto pudiste haber visto en mí. Perdón, por mis groserías y gritos cuando juega Nacional o el Arsenal. Perdón, por no compartir más a tu lado esos partidos que televisan de vez en cuando.

Ahora, por qué no mejor hablar de tus palabras…

Recuerdo los ‘sermones’ que me echabas cada vez que metía las patas en el colegio. Debo admitir que a veces me daba miedo cuando me llamabas para decirme “Juan Camilo, debemos hablar”, y mucho más cuando comenzabas con tus introducciones extendidas, poniendo en la mesa todos los hechos para analizar.

Quiero agradecerte enormemente por tus palabras llenas de afecto y sabiduría. Disculpa que no traiga a colación todas las frases o consejos que he recibido de tu parte, si lo hiciera, esta carta no llegaría a ti hoy sino dentro de 50 años. A pesar de ello, quiero mencionar algo que me dijiste en estos días: “Hijo, uno no debe vivir de la nostalgia del pasado”. Simples palabras pero de gran profundidad. De hecho, ahora que me detengo a pensar, veo que contigo aplican en su totalidad, pues a tu lado no necesito recordar o sentir nostalgia del padre bueno que siempre has sido. No, por el contrario, esto es una diaria y constante realidad. 

Perdón papá si alguna vez no escuché tus palabras. Perdón, cuando en mi afán interrumpí lo que me decías, sabiendo incluso que lo preparabas con dedicación y cariño, con el único objetivo de dar una lección y nunca reprender porque sí. Perdón papá por a veces despreciar el gran tesoro que representa tu sabiduría.

Padre, quiero comentarte algo sobre tu energía inagotable…

Recuerdo esas caminadas que te pegabas desde La América hasta Envigado, ida y vuelta. Recuerdo que siempre te dabas tu respectiva siesta y los ejercicios matutinos antes de comenzar el día. Recuerdo el montón de años que trabajaste en Flamingo. En especial, todos los días recuerdo esa vitalidad y energía que tanto te caracterizan, que hasta el día de hoy mantienes y que de alguna forma heredé un poco. De hecho, si me preguntan, no recuerdo haber visto a Héctor Marín quejándose por estar cansado. Estoy seguro que tu estado de salud actual se debe a ese ritmo de vida que has llevado.

Quiero agradecerte el querer siempre trasmitir esa energía, no sólo a mí, sino a todos los que te rodean. Tus palabras, y tus gestos se encargan por sí solos. Gracias papá porque en esta distancia, cuando me he sentido bajo de energías, tú, mi madre y Nacho han sido los energizantes que me han levantado. Doy gracias a dios pues me ha permitido compartir a tu lado y disfrutar de tu compañía por estos 30 años de vida que tengo. No muchas personas tienen el privilegio de tener a sus seres queridos al lado por tan prolongado tiempo. Finalmente, gracias papá por heredarme esos genes ¿Te he contado que por mayoría de votos nací en el 88? Nadie, por estas tierras, me ha puesto más de 25!

Perdón papá si en algún momento me ha faltado esa energía. Perdón si a veces la pereza me ha derrotado. Perdón, si en ocasiones no he sido ese energizante para ti, así como lo has sido para mí. Perdona si nunca te he dicho ‘viejo’ o ‘mi viejo’, lo siento pero no lo eres. Perdona por olvidar siempre tu edad, con un padre como tú es difícil recordar si tienes 50 u 86.

Hablemos, finalmente, del ejemplo que has sido para mí…

Recuerdo que en muchos problemas en nuestras vidas siempre tomaste las decisiones acertadas y de la manera correcta. Recuerdo siempre esa coherencia entre lo que predicas y practicas, que tanto te caracteriza. Recuerdo además lo buen padre, esposo y trabajador que has sido. No por nada, tu familia te ama tanto y en Flamingo te tienen el aprecio y respeto que ya conoces.

Gracias padre mío por inculcarme los valores más importantes: el respeto y el amor. Gracias por tratarme como lo has hecho siempre. Gracias por respetar a mi madre y por consentirla como una reina. Gracias por ser un padre ejemplar, del cual hablo siempre con la frente en alto y me siento constantemente orgulloso. Gracias porque a través de tu fe y tus valores religiosos me enseñaste a creer en un Dios y en depositar mi fe en Él cuando he tenido momentos de angustia.

Perdón papá por mis errores y defectos. Créeme, ellos no son producto de tu ejemplo. Perdona si mi lejanía con la religión católica ha puesto en duda tu imagen sobre mí. Quiero que sepas que Dios es un elemento fundamental en mi vida y que además la Virgen siempre está en mi corazón – así tal cual, como me lo enseñaste. Finalmente papá, perdona si te he decepcionado en alguna ocasión, mantener el nivel del hijo que realmente mereces tener es muy difícil


Papá, espero que estas palabras sean un regalo que quede guardado en tu corazón de por vida. La corbata o la camisa se desgastan, mi afecto por ti no. Espero que este nuevo año de vida esté lleno de alegrías y podamos vernos pronto en nuestro hogar, Colombia. Que me relates tus cuentos, experiencias y chistes y que me sigas contagiando tu buen ejemplo y vitalidad eterna.

De todo corazón, te deseo un muy feliz cumpleaños.

Tu hijo, que tanto te ama,

Juan Camilo

sábado, 26 de abril de 2014

Un Cuento Verdolaga

Hay hinchas que dan todo por su equipo. Hay quienes regalan su piel para un tatuaje. Hay quienes entregan su tiempo y dinero para estar siempre presente alentando. Hay quienes regalan una canción o un cántico nuevo.

Hoy no voy a dármelas de gran hincha de fútbol. No, yo no soy de esos que describo arriba. Yo sufro, grito, y aliento, pero también me olvido a veces. Esta lejanía en especial, me ha obligado a estar un poco desconectado del equipo que siempre he querido desde chico, Atlético Nacional.

Hoy, cual hijo pródigo, admito que quiero volver a ser ese hincha fervoroso que fui alguna vez. Ese que iba al Atanasio cada que jugaba el verde. Ese que no se perdía un encuentro y se sabía de memoria la titular del equipo.

Pero a diferencia de ese hijo pródigo que todos conocemos yo no quiero volver con las manos vacías. Yo en cambio, mi querido Atlético Nacional, vengo con un regalo producto de algo que me gusta hacer: escribir. Hoy no traigo poemas de amor, hoy mi presente es un cuento. Un cuento basado en hechos reales y que quiero regalarte producto del cariño que todavía te tengo.
Para vos, Verde el alma, un Cuento Verdolaga.

***
Creo que estamos de acuerdo en afirmar que a nadie le gusta perder, y menos en el fútbol. Si entrevistás a un jugador cualquiera nunca te va a admitir que quiere perder (aunque casos se han visto). La victoria fortalece, energiza, brinda esperanza, pero más que todo, te da alegría.

Los hinchas del Verde tenemos un gran problema – o una gran ventaja, depende cómo lo querás ver – y es que siempre hemos estado enseñados a ganar. Como dice Sebastián Estrada, un parcero que veo poco pero que me cae re-bien, nunca perdemos “nuestra sana costumbre de andar celebrando”. Digo que eso es un problema porque uno se mal acostumbra. No quiero sonar pedante pero Nacional es uno de esos equipos que gana constantemente alguna copa. El tiempo de espera entre un trofeo y otro no se extiende a muchos años, como sí lo es para otros equipos que no quiero mencionar.

La historia que vengo a contarles el día de hoy no habla precisamente de victorias, pero sí de Atlético Nacional. Para ser específicos, les voy a compartir cómo ese equipo que seguimos, el equipo del pueblo, me enseñó que con la derrota también se quiere, incluso, se quiere mucho más.

Todo se remonta a un 19 de diciembre del 2004. Cuatro días atrás habíamos visto cómo el equipo había sido derrotado por el Atlético Junior en su casa en Barranquilla. Ese fatídico 3-0 en el partido de ida nos apagó la alegría a muchos. Las que nunca se apagaron fueron las esperanzas.

Por aquellos días solía frecuentar el estadio con mi amigo “El Mono”, Julián Herrera, más bien conocido por muchos como Herrera. Él sí es un hincha de esos fervorosos, que siempre ha estado ahí pa’ apoyar al equipo.

La fiesta comenzó temprano para nosotros. Medellín se vestía de verde por doquier. Se veían banderas exhibidas en los balcones. Los vendedores ambulantes hacían, literalmente, su diciembre con los productos verdolagas. El gorro, la camiseta, la bandera, era imposible no sentir que estabas en Medellín y a vísperas de una final del torneo nacional colombiano. Nosotros no éramos la excepción y por supuesto vestíamos con orgullo la camiseta del verde. Yo, la segunda de color negro, y Julián, la tradicional de rayas verdes.

Comimos chuzo de esos que dicen son de rata. Confieso que si la rata sabe así de bueno, pues entonces soy ratívoro. Nos tomamos  suficientes cervezas para subir los ánimos sin llegar al punto en el cual se evidenciara nuestra embriaguez. Por supuesto, teníamos temor a que no nos dejaran entrar al estadio por ese motivo.
Ingresamos 2 horas y media antes del partido con el fin de escoger un buen puesto. Nuestros asientos estaban ubicados en la que hasta ahora ha sido una de las mejores tribunas en las que he estado en el mundo. La sur del Atanasio. El ambiente es inconfundible. Sabés que no conocés a nadie pero a pesar de ello sentís esa hermandad con los que están a tu alrededor. Ese es el verdadero poder que tiene una camiseta de fútbol.

La espera se hizo eterna. La gente iba llegando poco a poco. Los trapos y carteles eran montados adornando el estadio. Los vendedores ambulantes comenzaban sus rondas. Cada vez que entraba una niña linda a la tribuna se dejaba oír el cántico “hueeeeevoooo, hueeeeevooo” en la muchedumbre. “Esto sí es ambiente”, me decía para mis adentros.

Poco antes que llegara la hora cero se comenzó a sentir un bombo en el fondo. El retumbar estruendoso anunciaba la llegada de los estandartes de la barra más grande que tiene Colombia. Los Del Sur, se hacen llamar. El cántico que iniciaban unos pocos se contagiaba más rápido que cualquier virus mortal. En tan solo unos segundos, casi medio estadio, y no sólo La Sur, estaba cantando aquel famoso “Veeeeeerdeeeee, veeeeerdeeeee”. La esperanza se respiraba en el ambiente.

Llegó el tan esperado momento y sonó el pitazo inicial. A nuestro lado, un señor con su “lorito” dejaba escuchar los gritos ensordecedores del Paisita que aturdían a todos sus oyentes a tan solo un minuto de haber comenzado el juego. Alrededor todo era una concentración absoluta. Eso sí, los cánticos de la Sur nunca cesaban.

El tiempo volaba y sin pensar llegó el minuto 18. El venezolano Rojas tomó una pelota por la izquierda y lanzó un pase al costado derecho para Edixon Perea que entre medio de dos defensas se levantó, cabeceó e insertó el primer gol en la portería del arquero del Junior. Abracé a Julián y gritamos de alegría mientras la algarabía se triplicaba en la Sur.

“… Vamos Nacional, queremos la copaaaa, la hinchada está reloca por vos y no puede paraaaaaar!”, era el cántico que sonaba en el fondo. La piel se me erizaba y el corazón se me aceleraba. No pasaron más de cinco minutos y el venezolano Rojas, otra vez, tomó un balón por la banda izquierda después de un toque de Edixon y lo lanzó al área de candela para que Aquivaldo Mosquera cabeceara y así marcar el 2-0. En la Sur todo se volvió una locura con ese gol. Julián y yo nos abrazamos de nuevo. Sabíamos que no éramos hermanos de sangre pero ese día el fútbol nos hacía hermanos de corazón.

Después del gol reinó una calma relativa. Los minutos pasaron hasta el 38, donde el equipo barranquillero anotó su primer gol de la tarde después de un par de pases en un tiro libre. El estadio se enmudeció. Los cánticos se detuvieron por un momento y sentimos que volvió de nuevo esa angustia que sentimos con el 3-0 en la ida. “A VER PUES HIJUEPUTAS, PARA QUÉ LOS TRAJE. A CANTAR!”, gritó alguien en Sur alta, a la vez que comenzaba a sonar otro cántico más: “Vamoooos, vamooos mi verdeeee, que esta nocheeeeee, tenemos que ganaaaar”. Las voces se replicaban, la energía volvía, era imposible no cantar al unísono de la muchedumbre. Por supuesto uní mi voz al clamor del pueblo.

El apoyo de la hinchada nunca cesó. Se acabaron los primeros 45 con el marcador parcial 2-1 y un global de 4-2 que tenía a muchos con la cara larga. El medio tiempo de un partido por lo general pasa lento cuando la angustia es grande, pero creo que ese día esos 15 minutos parecieron un medio tiempo entero.

El equipo entró de nuevo y la hinchada lo recibió de nuevo también. Serpentinas y cánticos fueron el elemento principal para recibirlo. El “toque, toque” no se dejó esperar. Si algo no se puede negar esa tarde es que los jugadores querían ganar. Producto de tanta presión llegó un tiro de esquina en el minuto 13. Después de que Zúñiga enviara la pelota al centro apareció de nuevo Aquivaldo para empalmar de cabezazo el tercero. Julián y yo nos abrazamos y celebramos de nuevo. Mientras gritábamos el gol veíamos a un niño de aproximadamente 10 años que estaba junto a nosotros y que también brincaba de alegría. Nos pareció algo particular pues al parecer estaba solo.

Recuerdo que a Aquivaldo le decían por molestar “Aguinaldo”. Pues lo cierto, es que ese diciembre nos estaba dando el aguinaldo de navidad a todos los hinchas del Verde. 3-1 el parcial y 4-3 el global. Con 35 minutos de juego por delante, la esperanza se convertía en realidad.

No pasaron más de 5 minutos y el Verde tuvo un tiro de esquina cobrado por Rojas. Después de un par de rebotes y un tiro al arco que rechazó el arquero del Junior, Carlos Díaz agarró el balón y le pegó de larga distancia. El balón se fue rápido y entró en la red. “Jueputa gol, jueputa gol”, grité. La locura era total. Ahora no éramos sólo Julián y yo quienes nos abrazábamos para celebrar. Era toda la Sur. Aquel niño que vimos celebrando solo en el tercer gol, con lágrimas en sus ojos y lleno de gozo, nos abrazó cual si fuéramos sus papás. Julián y yo lo agarramos y juntos gritábamos palabras de júbilo. Por supuesto, nunca supimos del niño aquel.

Atlético Nacional tenía un objetivo ese día: no dejarnos respirar. No habían pasado más de 2 minutos después del último gol, todos estábamos terminando de celebrar y de repente vimos que el balón se alzó desde el medio del campo para que un jugador en el fondo cabeceara en medio de los defensas y el arquero del Junior. El Chicho fue el que hizo el pase, y Héctor Hurtado fue el artífice de tal sutileza que nos ponía a celebrar de nuevo a todo el. 4-5 el global a favor del Verde. En ese momento agradecí a Dios, no sólo por la victoria parcial sino por haberme permitido presenciar semejante partidazo. Debo admitir que como el niño aquel de 10 años, ya tenía lágrimas de alegría en mi rostro.

Después del gol todo el estadio era uno solo. Los del Sur lideraban y todos los asistentes seguían los cánticos. Todos los hinchas del Verde en el estadio relucían una sonrisa de esquina a esquina. Los minutos corrían poco a poco y se acercaba el pitazo final, sin embargo, llegando el minuto 43 el estadio se silenció de nuevo con un gol del Junior. “No, penaltis no por favor”, dije en voz alta mientras me comía las uñas del nerviosismo. Es cierto que llegar a los penales era el objetivo inicial, pero después de ir ganando, recibir un gol a estas alturas era algo que el corazón ya no podía soportar. Nada pudimos hacer. El global ya estaba en 5-5 y lo único que se venía era la definición desde el punto penal.

Creo que lo que menos recuerdo de esa noche fue la definición a los 12 pasos. Lo único que recuerdo es que Juan Carlos Ramírez falló el cuarto penal y que después de que el “Nene” Mackenzie anotara el quinto quedamos a manos de Milton Patiño. Todos mirábamos con extremo nerviosismo el arco. Cruzábamos los dedos para que el jugador del Junior se lo comiera. Al fin de cuentas, eso no pasó. El Junior anotó y se cerró la serie de penales. El equipo barranquillero se convertía en el campeón del torneo Finalización Colombiano.

Las lágrimas ahora no eran de emoción sino de tristeza. Aquel niño de 10 años lloraba sin consuelo cual si le hubiera acabado de robar su traído después del 24. Nosotros lo abrazábamos y le decíamos que vendrían muchas más victorias. Y lo decíamos en serio. Sabíamos que el Verde daba para más.

Salimos del estadio de manera inmediata. No habían ganas de celebrar. Julián se despidió y se fue para su casa mientras yo partía para la mía. Mientras caminaba sentí una enorme tristeza pues al final no conseguimos la copa, pero con calma comencé a analizar lo sucedido aquella tarde. El equipo remontó un 3-0 casi imposible, incluso llegó a estar al frente en el marcador por varios minutos. Los jugadores nunca bajaron la guardia y siempre dieron el 100 por 100. “No debería estar triste. Debería sentirme orgulloso”, dije para mis adentros.

En aquel entonces se dibujó una sonrisa en mi rostro. Ese día Nacional me enseñó que también se quiere con las derrotas, pero no con cualquier derrota. Lo que el equipo demostró aquella tarde fue la mejor muestra de fútbol en muchos años. Tranquilo, continué mi camino hacia mi hogar, con la sonrisa sostenida y la frente en alto.

Gracias Verde te doy por las copas, pero en especial gracias por la muestra de fútbol que me regalaste esa tarde de diciembre. Ahora más que nunca lo digo y lo repito: soy del Verde, soy feliz.